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viernes, 5 de mayo de 2017
Chimeneas (de cuando era invierno)
Aquí sólo huele a chimeneas ardiendo. La luz debe estar en otra parte, detrás de esa niebla espesa que lo cubre todo. De vez en cuando, tímido y asustadizo, el sol saluda un poco parco. No vamos a engañarnos, hace frío. El frío normal que la piel necesita, según las estimaciones de mi recuerdo infantil. Al menos, aquí las cosas son más certeras. En Palencia siempre hace como tiene que hacer en un mes de diciembre.
Esas son las cosas que me tranquilizan, las que mantienen el orden. Las cosas son exactamente como se espera que sean. No cambian, no hay sorpresas. Puede no gustarte esa exactitud, pero eso es precisamente lo que busca la gente que se queda o los que venimos, intermitentes, al amparo de lo predecible, en busca de la calma chicha.
El cuerpo me pide que me abstenga.
Y callo.
Aquí sólo vale la pena decir las cosas una vez, el tiempo va despacio y es muy difícil tener segundas oportunidades.
martes, 6 de diciembre de 2016
La parada del 120
Decidió hablarme de finales. Podía haber elegido cualquier
otro tema, pero eso es lo que quería desde el principio. Ambos lo sabíamos. Incluso nuestro primer día juntos entendimos que terminar por las últimas cosas, a veces, tiene
sentido y hoy nadie iba a decirle que estaba equivocada. No nos lanzamos ni reproches.
Pero eso fue sólo el final. Terminaré por el principio.
Era una inusual tarde de agosto. Hacía frío y sus manos venían escondiéndose tímidas en sus bolsillos. Mientras, ella mantenía su dirección inmutable hacia mi. Recuerdo la marquesina del autobús 120 y aquella señora del vestido rojo que no paraba de mirarnos. Fue ella quien decidió quedar en aquella parada. Decía que así nadie se preguntaría a quién esperaba. Esa fue su estrategia desde el principio, que nadie supiera que siempre estuve esperando por ella. Y lo consiguió hasta el final.
Cuánto quise recoger sus lagrimas. Cuántas caían desde sus ojos, precipitándose al vacío, frenéticas, limpias y brillantes. Ella lloraba, al menos, antes incluso de que yo la viese llegar. Temblaban sus labios al hablarme, se los mordía, los dejaba abiertos para respirar, entrecortada. Me contaba aquella historia de principios, aquellas razones hechas cenizas, sus recuerdos -nuestros- invalidados ya. Yo, simplemente, esperaba sin que se notara, como siempre.
Paciente, cansado y en silencio.
Y después nada más.
En el fondo sé que aquella escena le encantaba.
Yo sólo le dejaba que me dejará.
Y nos dejamos.
Era insoportable cuando quería.
Pero eso fue sólo el final. Terminaré por el principio.
Era una inusual tarde de agosto. Hacía frío y sus manos venían escondiéndose tímidas en sus bolsillos. Mientras, ella mantenía su dirección inmutable hacia mi. Recuerdo la marquesina del autobús 120 y aquella señora del vestido rojo que no paraba de mirarnos. Fue ella quien decidió quedar en aquella parada. Decía que así nadie se preguntaría a quién esperaba. Esa fue su estrategia desde el principio, que nadie supiera que siempre estuve esperando por ella. Y lo consiguió hasta el final.
Cuánto quise recoger sus lagrimas. Cuántas caían desde sus ojos, precipitándose al vacío, frenéticas, limpias y brillantes. Ella lloraba, al menos, antes incluso de que yo la viese llegar. Temblaban sus labios al hablarme, se los mordía, los dejaba abiertos para respirar, entrecortada. Me contaba aquella historia de principios, aquellas razones hechas cenizas, sus recuerdos -nuestros- invalidados ya. Yo, simplemente, esperaba sin que se notara, como siempre.
Paciente, cansado y en silencio.
Y después nada más.
En el fondo sé que aquella escena le encantaba.
Yo sólo le dejaba que me dejará.
Y nos dejamos.
Era insoportable cuando quería.
martes, 20 de mayo de 2014
Suciedad variable
Mayo me echa de menos. Lo digo aquí -cuando el aquí es relativo
porque terminaré escribiendo esta desdicha en otro lugar diferente- sentada en la tercera silla de la mesa más próxima a la salida de la
redacción. Me he quedado mirando un rato la opacidad de los cristales sucios,
con esa sonrisa embobada que se le pone a uno cuando intenta evocar en bloque
tramos de tiempo que no se sabe cuándo se iniciaron ni cuándo dejaron de tener
vigencia. Recuerdos al fin y al cabo, pensamientos que no deberían estar
pasando por mi cabeza en momentos como este, en el que debería descolgar el
teléfono para confirmar algo completamente relevante para la vida de la
humanidad, editar un reportaje estimulantemente interesante para el intelecto
colectivo o recomponer la escaleta de un programa para nada caótico y que
empieza en unos minutos. Pero lo tengo todo controlado y me embobo con gusto.
Efectivamente sí, se me había ido la
cabeza. Y ¡Qué gusto! Porque estoy harta de mantenerla en su sitio, de
aguantarla sobre los hombros en equilibrio inestable. La he perdido, ha
resbalado por los suelos y ahora -que me he transportado a otra estancia
diferente- se ha echado a rodar por debajo del sofá, rebotando por las paredes,
suelta, sola, libre. Golpenádose con los tropiezos que se me han ido cayendo
por los suelos todos estos meses, rodando hasta acurrucarse en el rincón. ¿Qué
más da que se me vaya, si nunca estuvo en su sitio?¿Qué más da ya?
¡Qué condena más antinatural es esta retórica abnegación, cómo se me agarra a las tripas, por mucho que me pase la
vida tratando de reírme de ella! Y es que yo, aunque me dé vergüenza, tengo que
confesar que mis ensueños más secretos se abrasan en el deseo de disolverme en
otra persona, de entregarme a alguien sin reservas para que disponga de mí a su
capricho -como muchos, como todos-; un deseo que sin embargo es luego analizado despiadadamente en mis horas
de vigilia, amordazado después sin más contemplaciones. Porque sé que
es una pendiente resbaladiza. Y más que caer en ella lo que me espanta es que
alguien lo note.
Si crecer -como dicen los mayores- es
empezar a separarse de los demás, a reconocer después esa distancia y
aceptarla. ¡Qué se me vaya! Que se me pierda rodando lejos la cabeza, como una
amistad de juventud, de esas en las que dábamos por supuesta una permeabilidad
continua entre nuestra vida y la de ellos, pero cuya realidad es efímera y
momentánea. Que a veces vuelve, eso es verdad, y que lo hacen refortalecidas también, pero convertidas ya en algo individual, únicas, diferentes, más fuertes... que vuelva más tarde si quiere, sí, pero que
me olvide por un tiempo. Cabecita mía.
Despréndete ya del todo, rómpeme el cuello si hace falta, deslízate
desde mi hombro hasta mi mano y cae a la tierra, ensúciate en el hoyo. Deja,
por favor, la distancia y el tiempo que necesita el corazón para crecer.
Que mayo siempre había sido mi mes favorito. Que alguien, por
favor, limpie los cristales de la redacción, aunque lo diga aquí –ya desde mi
casa, descabezada, en mi habitación.
sábado, 4 de enero de 2014
Egoísta
Nos queda ser recuerdo.
Quedan sólo las huellas, después de un fabuloso viaje. Los
paisajes serán distintos ahora que, tras las últimas tardes de aquel verano, se
habrán vestido de marrón y rojos las hojas de los árboles que ya no ves, que no son ya lo
que tú viste, que son recuerdo. Seguro que a estas alturas del invierno ni
quedan hojas.
Pero nos queda ser recuerdo.
Voy a echar de menos la ciudad habrán dicho muchos, vencidos por una nostalgia prematura. Ese incómodo sentimiento que a veces llega
antes de marcharte. No lo pongo en duda, no voy a apropiarme únicamente yo de esa
frase. Sé que la habrán dicho muchos. Permítanme, sin embargo, que les diga que
es muy mía, desde el egoísmo más displicente, es sólo mía en mi recuerdo. Es
tan mía que resulta pesado y deprimente de decir. ¿Dije ciudad?
Nos queda ese recuerdo.
Cuando todo ha terminado, pero no ahora, no inmediatamente, hace ya tiempo.
Cuando todo terminó y ya no tiene ni sentido recordarlo, cuando los perdones pendones no valen, cuando a un tarde lo precede un demasiado. Entonces nos adueñamos
de la memoria que no es ni la nuestra, de las palabras que describieron una
acción pasada que habíamos olvidado, de los relatos que borramos de nuestro
registro.
Entonces nos queda ser recuerdo. El de alguien, porque
nosotros lo hemos perdido.
Pero no me quito de
la cabeza esa imagen, un recuerdo visto desde fuera, ese que no era mío, pero
en el que yo estaba. Apoyada en el alfeizar de una ventana muy particular,
rodeada de nubes de tabaco, con un cortante frío rompiéndome las lágrimas. O
así lo describió él, pero en ese recuerdo yo no soy, porque no me pertenece. Lloraba quizá por cualquier cosa, porque soy muy llorona si no me miran o puede que llorará con antelación a otra cosa, a algo que ni había empezado o de la nostalgia de una ciudad de la que ni siquiera me había ido. ¿Dije ciudad?
Nos queda ser recuerdo, porque ya no somos nada más. Me
queda ser tu recuerdo, porque ya se me ha olvidado todo.
Y esto es jodidamente egoísta.
Pido perdón, pero quizás ustedes también deberían.
Todos queremos ser recuerdo y olvidarnos de todo lo demás.
jueves, 1 de noviembre de 2012
La caminante
No alcanzaban las nubes a ver la nueva cara del sol cuando, de camino a la
estación, me topé con los resquicios desmaquillados de la noche anterior. Allí
estaba un Freddy sin sombrero, había
perdido un par de dedos y caminaba sin rumbo, ni siquiera se percató que casi
me clava uno de sus afilados cuchillos, pero no tuve miedo. Aquel pseudopsicópata
deslavado, parecía haber perdido toda pulsión asesina a tales horas de la
mañana.
Unos pasos más adelante, mientras esperaba inútilmente frente al semáforo ya
en verde, se paró frente a mí un taxi, invadiendo totalmente el paso de
peatones al que yo no daba mínimo uso. De él, y visto lo visto, me hubiese
imaginado bajar cualquier cosa, pero desde luego no a la no muerta que salió del coche. Daba realmente pena, si es que eso
es posible viniendo de un no muerto. La muchacha, desde luego, había perdido su
dignidad en algún lugar del inframundo, siéndole ésta arrancada, seguramente,
en el mismo momento en el que perdió el zapato que le faltaba.
Más allá de eso, calles desiertas. Restos de bebidas espirituosas dejadas
profanamente sobre cualquier superficie, desde la misma acera, hasta el capó de
un coche ajeno; las alas de un hada -supongamos que hada-zombie, dada la significativa fecha- abandonadas
miserablemente en una papelera; o seres extraños caminando en pijama por la
calle -esto último supongo, es fortuito y nada tiene que ver con Halloween,
sino más bien con la personalidad misma de los habitantes de Salamanca. En todo
caso, una fiesta más que, al fin y al cabo, deja lo que todas las otras, madrugadas
vacías, calles sucias y dignidades pérdidas que rematan lo que sus dueños no
veían la noche anterior.
Sin embargo, ahí estaba yo, que lejos de limitarme simplemente a ser observadora
de tal espectáculo, caminaba como zombie
matinal sin disfraz, lenta y torpe, hasta el andén número siete.
viernes, 24 de agosto de 2012
Baisers Volès
un bocado dado a tiempo,
o robado,
tu aliento transformado en suspiro.
Una ráfaga,
una calada,
un bucle infinito de baba.
Y para el más edulcorado,
equivocado el paso.
Un juego comenzado.
Pasan los días,
Pasan los días,
pasan,
a tu lado.
Raquel E. Mediavilla
lunes, 23 de julio de 2012
Constancia verdadera
Y seguiré esperando.
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan más serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira...
Como los amarillos del otoño,
todavía palabra de amor ante el silencio,
cuando la piel se apague,
cuando el amor se abrace con la muerte
y se pongan más serias nuestras fotografías,
sobre el acantilado del recuerdo,
después que mi memoria se convierta en arena,
por detrás de la última mentira...
Él se perdió entre las nubes, cuando surcaba inexpertamente
las alas del avión ya en marcha. Una racha de aire lo zarandeó indulgente,
hasta recolocarlo en su camino, pero cuando miró hacia los lados estaba
desorientado, no lo encontraba con la mirada. Todo era azul y nubes, como
espejismos de claridad indefinida. Lo había perdido.
El otro pájaro, ya volaba entonces en la dirección
opuesta, pensando que lo perseguía, sin saber que en realidad se quedó detrás, esperándolo,
para poder retomar su vuelo.
Uno perseguía,
el otro seguía.
Y esperando se quedó.
domingo, 14 de agosto de 2011
Inconducta, más que una conducta
¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para no enfrentarnos ante el muro del fondo del camino? Ese muro, con el que te chocas irremediablemente, al descender a toda velocidad de las nubes de tus sueños.
Lejos. Llegamos peligrosamente, indulgentes a la nada, estúpidamente lejos. Creamos los artificios más colosales jamás vistos para "(sobre)vivir”. Vamos decididos a no sé sabe bien dónde, como si ese artificio velara en el individuo para no dejarlo avanzar demasiado por el camino de la verdad, la duda inteligente, el vaivén sentimental.
Con nuestra vida, frente a la vida de los otros.
.
.
miércoles, 10 de agosto de 2011
De twitter a twitter ...
... Y mira lo que me encuentro!!!
Este verano estoy gastando todas mis papeletas. Como bien sabéis cuando sobra el tiempo uno se pone hasta a ordenar cajones si hace falta, planchar, pintar paredes... Hay incluso aprensivos que dicen que leen, ven películas y se nutren intelectualmente, pero no os engañéis, son todo falacias. Las películas que dicen ver se convierten en "un cápitulillo de True Blood" y los libros en "Como ponerte a dieta en 356 pasos". En cualquier caso esto se hace mucho más notorio en verano, y más si vives en una ciudad sin mar.
Por fortuna o desgracia vivimos en la era de las redes sociales y actualmente eso de pintar paredes lo terminas cambiando por entrar en Tuenti, que éste ponga en duda si hiciste o no algo interesante, actualizar más veces que segundos tiene el día tu muro de Facebook o escribir incongruencias en tu blog (aunque con muy verosímiles razonamientos). Entre las múltiples actividades lúdicas también está la de twittear, arte social que aún no domino demasiado, por eso mismo lo que encontré gracias a Twitter, y que aquí os enseño, no tengo muy claro como haya llegado a descubrirlo, pero la situación me hizo demasiada gracia como para no ponerla por aqui.
La situación contextual es importante. Hallabame yo, después de una mañana poco práctica de un verano fatal, escuchando las positivas y vitales canciones de Nacho Vegas, saltando de twitter en twitter, como quién salta de charco en charco, por pura mecánica idiota, hasta que me encontré con un nombre muy curioso, @Modernadepueblo. Dentro de su Twitter se te redirigía a un blog de WordPress, la primera entrada decía así.
A más de uno se nos atraganta la comida
con los informativos del mediodía.
¿Son las noticias el problema?
¿O los que nos las cuentan?
Y es que es muy difícil ser objetivo.
Porque es inevitable que cada uno le de su toque...
(A continuación salían unas series de viñetas entre ellas, como serían las noticias presentadas por Anne igartiburu. Yo seguía bajando con el ratón, de fondo sonaba "verano fatal" y entonces me encontré con esto...)
¿Y COMO SERÍAN LOS INFORMATIVOS...?
:D
Sí, ¡¡¡Mis veranos son un puro cosmos de diversión sin parangón !!!
Pero reconozco que el tiempo de este verano parece bien ajustado al que bien podría dar Nacho Vegas.
viernes, 25 de marzo de 2011
Las lecturas
...soy un prisionero¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? (J.L.Borges "La casa de Asterión")
¿No ves lo bueno que es vivir el presente? Me preguntó, mientras el agua de la ducha empapaba mi cuerpo frente al suyo, inmóvil, casi rígido de la excitación, que a veces, como ventosa de animal marino, se pegaba al mío. Le sonreí, no conteste, la respuesta era clara, pero a veces pasa que las preguntas te las formulan aquellos a quienes no les pertenecen respuestas. Las respuestas que llevas guardándote durante días, respuestas que corren el riesgo de ir huérfanas, si no las usas para acallar las preguntas adecuadas, emanadas de las bocas precisas.
Yo quería contestar, pero no a él. Le hubiese dicho algo así como “Lo veo, tanto que estos momentos solo están sucediendo para vivir más intensamente otros que tú aún desconoces”.
Hay ciertos momentos de confusión mental, de choque de ideas, de parálisis emocional, de ansiedad injustificada. Hablo de los caminos que terminan en bifurcaciones de otros caminos a su vez, de la difícil decisión de superar el miedo de las eternas dudas del “y si…” cuando ya has decidido que pasos seguir. Pero cada vez me doy más cuenta de que llegados a ese punto, no importa tanto si elegiste un camino u otro porque normalmente si te equivocas solo tienes que esperar al siguiente cruce y cambiar de dirección, volver hacia atrás o dibujar uno nuevo en el suelo. Pero somos impacientes y los caminos están sobrevalorados.
A veces vivir el presente es precisamente esperar, hasta que de repente nos sorprenda el tiempo y nos demos cuenta de que no hay caminos equivocados, solo caminos difíciles que nos llevan a otros. Y quizás por eso me callé, porque cuando estaba sumergida en aquella ducha no había elegido el camino correcto, pero era el único que tenía dirección hacía la siguiente salida.
Ahora si me preguntas, te voy a responder.
viernes, 18 de marzo de 2011
Un chico de Isabel Coixet
Lo eche a lavar sin querer y sin querer tu foto se rompió en mil pedacitos.
Pensaba entonces, tumbado sobre mi cama escuchando aquel grupo que tú siempre solías poner de fondo mientras follábamos, pensaba en cuantas veces había mirado esa foto, en cuantos lugares distintos; en el avión de vuelta, en el tren de aquel viaje al que no viniste, en mi cama o cuando estuve a punto de perderla al quedarme dormido en el autobús. Recuerdo aquella tarde, sin nada que hacer salvo colarnos en la facultad de derecho para fotocopiar todo lo que se nos antojase, incluso tu foto y alguna mía de esas en las que hasta sonreía a tu lado. Pero ahora solo quedaba una masa compacta de pedacitos rotos entre mis manos, parecía un chicle masticado hasta la saciedad, lleno de babas y de mordiscos.
Pensaba entonces, tumbado sobre mi cama escuchando aquel grupo que tú siempre solías poner de fondo mientras follábamos, pensaba en cuantas veces había mirado esa foto, en cuantos lugares distintos; en el avión de vuelta, en el tren de aquel viaje al que no viniste, en mi cama o cuando estuve a punto de perderla al quedarme dormido en el autobús. Recuerdo aquella tarde, sin nada que hacer salvo colarnos en la facultad de derecho para fotocopiar todo lo que se nos antojase, incluso tu foto y alguna mía de esas en las que hasta sonreía a tu lado. Pero ahora solo quedaba una masa compacta de pedacitos rotos entre mis manos, parecía un chicle masticado hasta la saciedad, lleno de babas y de mordiscos.
La noche anterior lo pensé, quise recordar a la mañana siguiente que guarde tu foto en el pantalón de mi bolsillo. No quería que ella la encontrase, algo injustificado claro, conocía a aquella chica de apenas unas horas, pero me daba miedo que preguntase, que preguntase por tu foto, por ti y que poco a poco la conversación se torciese irremediablemente a justificaciones que ni yo me creería. Fue una noche rara, de la que solo me quede con su olor a tabaco impregnado en toda la habitación y algunas motitas de su tabaco de liar por el suelo.
Aún recuerdo el sonido acelerado y los golpes secos de mi ropa mojada cuando empezó el centrifugado. Mientras, sin yo darme cuenta, todo lo que me quedaba de ti se descomponía allí dentro en mil pedazos.
sábado, 11 de diciembre de 2010
Qué soy tu madre, hijo...
Juan invitó a su madre a cenar una noche en su apartamento de soltero. Durante la cena la madre pudo reparar en lo hermosa que era Lourdes, la compañera de apartamento de su hijo ella sospechaba que su hijo mantenía relaciones con ella.
"Mamá sé lo que estas pensando, pero te aseguro que Lourdes y yo
solo somos compañeros de apartamento".
Aproximadamente una semana después Lourdes le comentó a Juan que desde el día que su madre vino a cenar venía echando en falta el cucharón grande de plata para servir la sopa. Quedaron en que Juan le escribiría una carta.
"Querida mamá: no estoy diciendo que cogieras el cucharón de plata de servir la sopa, pero tampoco estoy diciendo que no lo cogieras. El hecho es que ha desaparecido desde el día en que viniste a cenar a casa".
Unos días mas tarde Juan recibió carta de su madre que decía:
"Querido hijo: no estoy diciendo que te acuestes con Lourdes o que no te acuestes; pero el hecho es que si Lourdes se acostara en su propia cama, ya habría encontrado el cucharón de plata para servir la sopa. Con todo cariño TU MADRE."
En el transcurso de la velada, mientras veía el modo en que los dos se comportaban, se preguntó si estarían acostándose juntos. Leyendo Juan el pensamiento de su madre le dijo:
solo somos compañeros de apartamento".
Aproximadamente una semana después Lourdes le comentó a Juan que desde el día que su madre vino a cenar venía echando en falta el cucharón grande de plata para servir la sopa. Quedaron en que Juan le escribiría una carta.
"Querida mamá: no estoy diciendo que cogieras el cucharón de plata de servir la sopa, pero tampoco estoy diciendo que no lo cogieras. El hecho es que ha desaparecido desde el día en que viniste a cenar a casa".
Unos días mas tarde Juan recibió carta de su madre que decía:
"Querido hijo: no estoy diciendo que te acuestes con Lourdes o que no te acuestes; pero el hecho es que si Lourdes se acostara en su propia cama, ya habría encontrado el cucharón de plata para servir la sopa. Con todo cariño TU MADRE."
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