Lo eche a lavar sin querer y sin querer tu foto se rompió en mil pedacitos.
Pensaba entonces, tumbado sobre mi cama escuchando aquel grupo que tú siempre solías poner de fondo mientras follábamos, pensaba en cuantas veces había mirado esa foto, en cuantos lugares distintos; en el avión de vuelta, en el tren de aquel viaje al que no viniste, en mi cama o cuando estuve a punto de perderla al quedarme dormido en el autobús. Recuerdo aquella tarde, sin nada que hacer salvo colarnos en la facultad de derecho para fotocopiar todo lo que se nos antojase, incluso tu foto y alguna mía de esas en las que hasta sonreía a tu lado. Pero ahora solo quedaba una masa compacta de pedacitos rotos entre mis manos, parecía un chicle masticado hasta la saciedad, lleno de babas y de mordiscos.
Pensaba entonces, tumbado sobre mi cama escuchando aquel grupo que tú siempre solías poner de fondo mientras follábamos, pensaba en cuantas veces había mirado esa foto, en cuantos lugares distintos; en el avión de vuelta, en el tren de aquel viaje al que no viniste, en mi cama o cuando estuve a punto de perderla al quedarme dormido en el autobús. Recuerdo aquella tarde, sin nada que hacer salvo colarnos en la facultad de derecho para fotocopiar todo lo que se nos antojase, incluso tu foto y alguna mía de esas en las que hasta sonreía a tu lado. Pero ahora solo quedaba una masa compacta de pedacitos rotos entre mis manos, parecía un chicle masticado hasta la saciedad, lleno de babas y de mordiscos.
La noche anterior lo pensé, quise recordar a la mañana siguiente que guarde tu foto en el pantalón de mi bolsillo. No quería que ella la encontrase, algo injustificado claro, conocía a aquella chica de apenas unas horas, pero me daba miedo que preguntase, que preguntase por tu foto, por ti y que poco a poco la conversación se torciese irremediablemente a justificaciones que ni yo me creería. Fue una noche rara, de la que solo me quede con su olor a tabaco impregnado en toda la habitación y algunas motitas de su tabaco de liar por el suelo.
Aún recuerdo el sonido acelerado y los golpes secos de mi ropa mojada cuando empezó el centrifugado. Mientras, sin yo darme cuenta, todo lo que me quedaba de ti se descomponía allí dentro en mil pedazos.
Déjenme solo con el día.
ResponderEliminarPido permiso para nacer.
(P. N.)