Mayo me echa de menos. Lo digo aquí -cuando el aquí es relativo
porque terminaré escribiendo esta desdicha en otro lugar diferente- sentada en la tercera silla de la mesa más próxima a la salida de la
redacción. Me he quedado mirando un rato la opacidad de los cristales sucios,
con esa sonrisa embobada que se le pone a uno cuando intenta evocar en bloque
tramos de tiempo que no se sabe cuándo se iniciaron ni cuándo dejaron de tener
vigencia. Recuerdos al fin y al cabo, pensamientos que no deberían estar
pasando por mi cabeza en momentos como este, en el que debería descolgar el
teléfono para confirmar algo completamente relevante para la vida de la
humanidad, editar un reportaje estimulantemente interesante para el intelecto
colectivo o recomponer la escaleta de un programa para nada caótico y que
empieza en unos minutos. Pero lo tengo todo controlado y me embobo con gusto.
Efectivamente sí, se me había ido la
cabeza. Y ¡Qué gusto! Porque estoy harta de mantenerla en su sitio, de
aguantarla sobre los hombros en equilibrio inestable. La he perdido, ha
resbalado por los suelos y ahora -que me he transportado a otra estancia
diferente- se ha echado a rodar por debajo del sofá, rebotando por las paredes,
suelta, sola, libre. Golpenádose con los tropiezos que se me han ido cayendo
por los suelos todos estos meses, rodando hasta acurrucarse en el rincón. ¿Qué
más da que se me vaya, si nunca estuvo en su sitio?¿Qué más da ya?
¡Qué condena más antinatural es esta retórica abnegación, cómo se me agarra a las tripas, por mucho que me pase la
vida tratando de reírme de ella! Y es que yo, aunque me dé vergüenza, tengo que
confesar que mis ensueños más secretos se abrasan en el deseo de disolverme en
otra persona, de entregarme a alguien sin reservas para que disponga de mí a su
capricho -como muchos, como todos-; un deseo que sin embargo es luego analizado despiadadamente en mis horas
de vigilia, amordazado después sin más contemplaciones. Porque sé que
es una pendiente resbaladiza. Y más que caer en ella lo que me espanta es que
alguien lo note.
Si crecer -como dicen los mayores- es
empezar a separarse de los demás, a reconocer después esa distancia y
aceptarla. ¡Qué se me vaya! Que se me pierda rodando lejos la cabeza, como una
amistad de juventud, de esas en las que dábamos por supuesta una permeabilidad
continua entre nuestra vida y la de ellos, pero cuya realidad es efímera y
momentánea. Que a veces vuelve, eso es verdad, y que lo hacen refortalecidas también, pero convertidas ya en algo individual, únicas, diferentes, más fuertes... que vuelva más tarde si quiere, sí, pero que
me olvide por un tiempo. Cabecita mía.
Despréndete ya del todo, rómpeme el cuello si hace falta, deslízate
desde mi hombro hasta mi mano y cae a la tierra, ensúciate en el hoyo. Deja,
por favor, la distancia y el tiempo que necesita el corazón para crecer.
Que mayo siempre había sido mi mes favorito. Que alguien, por
favor, limpie los cristales de la redacción, aunque lo diga aquí –ya desde mi
casa, descabezada, en mi habitación.
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