Fue realmente sorprendente para mí, cuando un buen día, sin más
preámbulos escuché la palabra "logaritmo". Una interrupción
inesperada y un tanto escandalosa acabo con los ruidos infantiles de la
clase.
¿He dicho alguna vez que odio las
matemáticas? Pues sí, pero es un odio esquivo, bueno, como el mío particular
por todas las cosas que odio. Esquivo. Vamos, que no me he enfrentado nunca al
odio de las matemáticas de frente. No me bastaba con poner cara de disgusto irremediable y acabar rompiendo los exámenes de calificaciones invernales, bajo
cero, que siempre acababan en aquella papelera verde de la entrada del
instituto. Yo me dedicaba a cambiar la realidad matemática, así no hacía falta
detestarla con tanto ímpetu.
Dicho esto, no sé si recuerdo la primera
vez que descubrí la palabra logaritmo, lo que sí recuerdo bien, es que para mí
era una mezcla de palabra y ritmo. Poco me importaban las propiedades comunes
que la caracterizaban y si significaba eso o no, yo ya le había transformado
en poesía matemática. Cosa bastante inútil por otra parte.
¿Pero acaso es útil saber qué es eso de un
logaritmo? Un problema a resolver, al fin y al cabo. Uno no pude ni tocarlo con
los dedos, no hay el menor rastro material de eso y yo soy incapaz de darle
forma en mi cabeza. Unidades, decenas, pi, tres-catorce-dieciséis. Todo se enredaba con todo. Yo a esas cosas las miraba un poco con aprensión. Me
rodearon y me cercaron demasiado cuando era joven, como serpientes verdes que
se arremolinaban en mi cintura, entre mis piernas, por el cuello... Los logaritmos.
Eran las horas muertas. Pero no siempre
las matemáticas. En general, las horas podridas de mi vida enteras, horas gastadas en
sortear los escollos de la realidad para lograr aprobar materias que no
recuerdo ni de que trataban, en las que ni siquiera puedo darme por examinada,
a pesar de haber lidiado tanto con ellas. Porque lo único que sé de esas
asignaturas es que siempre había que estar haciéndolas frente. Siempre como si
fuese la primera vez. Ahora el miedo a suspenderlas sigue siendo el mismo.
Ahora que ya he entendido que son horas muertas, me sigue matando el miedo. Muy parecido
además, es el miedo de haber perdido los papeles donde pudiera constar que se
han aprobado. Qué incongruente. Se estudiaban para la nota. No eran optativas.
Aprobado en hija de familia. Aprobado en noviazgo fugaz con amistad final.
Aprobado en economía doméstica universitaria. Aprobado en deberes con otras
parentalidades directas y políticas. Aprobado en suavizar asperezas, en buscar
un sitio para cada cosa y en poner a mal tiempo buena cara.
Qué lejos queda todo esto de las
matemáticas, pero cómo se parecen a esos logaritmos que nunca entendí. Porque
en el paso de uno a otro, de un problema a otro, matemático o no, uno ya no
sabe cómo se resolvieron, ni por qué los tenía uno que resolver. Conocimientos
de base, borrosos y discutibles.
Que logaritmo pueda significar “palabra y ritmo” en vez de “problema
a resolver”, no cambia lo que en realidad es. Pero así se esquiva el odio y las
cosas son más bonitas.

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