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domingo, 7 de septiembre de 2014

Que se disuelvan las opciones


En agua, pacharán o vino.

Ha llegado el momento de que esto se termine. Me he comprado una agenda de cosas para hacer después del final, la llamaré la agenda del regreso al futuro.


Estará llena de cosas útiles, inútiles y sutiles,

de tiempo por rellenar e ideas borrosas.

Ha llegado el momento de que eso se termine. Me he comprado una bufanda roja,
igual a la que perdí el año pasado cuando todo estaba por comenzar. La lavaré con perlan.

Estará llena de bolitas de lana, hilos sueltos, poliéster,

y la necesidad de un cuello,
para comprar su calor y sus picores de invierno.

Ha llegado el momento de que se me terminen las opciones. Me he comprado una licuadora de materia gris para la ocasión.


Estará llena de los desechos de mis ideas sutilmente útiles, las que parecen inútiles y mis cosas por hacer después del final. Tendré que encontrar las manos de alguien que me arregle el pelo.


Ha llegado el momento de disolver las opciones. Me he encontrado con el espejo de mi cuarto de frente, fuertemente fijado a la pared,

ya no había nadie ahí.

Estará lleno reflejos que me son ajenos,

todos disueltos.

En el primer café de los lunes,

y en las última cervezas de los domingos.








sábado, 4 de enero de 2014

Egoísta

Nos queda ser recuerdo.

Quedan sólo las huellas, después de un fabuloso viaje. Los paisajes serán distintos ahora que, tras las últimas tardes de aquel verano, se habrán vestido de marrón y rojos las hojas de los árboles que ya no ves, que no son ya lo que tú viste, que son recuerdo. Seguro que a estas alturas del invierno ni quedan hojas.

Pero nos queda ser recuerdo.

Voy a echar de menos la ciudad habrán dicho muchos, vencidos por una nostalgia prematura. Ese incómodo sentimiento que a veces llega antes de marcharte. No lo pongo en duda, no voy a apropiarme únicamente yo de esa frase. Sé que la habrán dicho muchos. Permítanme, sin embargo, que les diga que es muy mía, desde el egoísmo más displicente, es sólo mía en mi recuerdo. Es tan mía que resulta pesado y deprimente de decir. ¿Dije ciudad?

Nos queda ese recuerdo.

Cuando todo ha terminado, pero no ahora, no inmediatamente, hace ya tiempo. Cuando todo terminó y ya no tiene ni sentido recordarlo, cuando los perdones pendones no valen, cuando a un tarde lo precede un demasiado. Entonces nos adueñamos de la memoria que no es ni la nuestra, de las palabras que describieron una acción pasada que habíamos olvidado, de los relatos que borramos de nuestro registro.

Entonces nos queda ser recuerdo. El de alguien, porque nosotros lo hemos perdido.

Pero no me quito de la cabeza esa imagen, un recuerdo visto desde fuera, ese que no era mío, pero en el que yo estaba. Apoyada en el alfeizar de una ventana muy particular, rodeada de nubes de tabaco, con un cortante frío rompiéndome las lágrimas. O así lo describió él, pero en ese recuerdo yo no soy, porque no me pertenece. Lloraba quizá por cualquier cosa, porque soy muy llorona si no me miran o puede que llorará con antelación a otra cosa, a algo que ni había empezado o de la nostalgia de una ciudad de la que ni siquiera me había ido. ¿Dije ciudad?

Nos queda ser recuerdo, porque ya no somos nada más. Me queda ser tu recuerdo, porque ya se me ha olvidado todo.

Y esto es jodidamente egoísta.


Pido perdón, pero quizás ustedes también deberían.

Todos queremos ser recuerdo y olvidarnos de todo lo demás.

martes, 12 de julio de 2011

Confeti en los cabellos y espirales de serpentina

Era la madrugada de un día de Agosto, recordaría la fecha por el desorden de las flores y de besos que dejaron tras ellos la primera noche juntos después de tantas anhelándolo en sueños. Todavía llevaríamos confeti en los cabellos y brillantes espirales de serpentina grabadas en la retina, como las estrellas, de la fiesta de bienvenida que nuestras bocas celebrarían al tocarse. Así, poco a poco, avanzando la noche ajena a nuestras pieles, las estrellas se apagarían y una claridad rojiza se extendería al fondo, en al linea que separa los dos fuegos del mundo mientras unas nubes grises, arremolinándose amenazadoras, cubrirían el cielo sobre nuestras cabezas.

12 de Julio