No alcanzaban las nubes a ver la nueva cara del sol cuando, de camino a la
estación, me topé con los resquicios desmaquillados de la noche anterior. Allí
estaba un Freddy sin sombrero, había
perdido un par de dedos y caminaba sin rumbo, ni siquiera se percató que casi
me clava uno de sus afilados cuchillos, pero no tuve miedo. Aquel pseudopsicópata
deslavado, parecía haber perdido toda pulsión asesina a tales horas de la
mañana.
Unos pasos más adelante, mientras esperaba inútilmente frente al semáforo ya
en verde, se paró frente a mí un taxi, invadiendo totalmente el paso de
peatones al que yo no daba mínimo uso. De él, y visto lo visto, me hubiese
imaginado bajar cualquier cosa, pero desde luego no a la no muerta que salió del coche. Daba realmente pena, si es que eso
es posible viniendo de un no muerto. La muchacha, desde luego, había perdido su
dignidad en algún lugar del inframundo, siéndole ésta arrancada, seguramente,
en el mismo momento en el que perdió el zapato que le faltaba.
Más allá de eso, calles desiertas. Restos de bebidas espirituosas dejadas
profanamente sobre cualquier superficie, desde la misma acera, hasta el capó de
un coche ajeno; las alas de un hada -supongamos que hada-zombie, dada la significativa fecha- abandonadas
miserablemente en una papelera; o seres extraños caminando en pijama por la
calle -esto último supongo, es fortuito y nada tiene que ver con Halloween,
sino más bien con la personalidad misma de los habitantes de Salamanca. En todo
caso, una fiesta más que, al fin y al cabo, deja lo que todas las otras, madrugadas
vacías, calles sucias y dignidades pérdidas que rematan lo que sus dueños no
veían la noche anterior.
Sin embargo, ahí estaba yo, que lejos de limitarme simplemente a ser observadora
de tal espectáculo, caminaba como zombie
matinal sin disfraz, lenta y torpe, hasta el andén número siete.

Buenísimo.
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