Pero eso fue sólo el final. Terminaré por el principio.
Era una inusual tarde de agosto. Hacía frío y sus manos venían escondiéndose tímidas en sus bolsillos. Mientras, ella mantenía su dirección inmutable hacia mi. Recuerdo la marquesina del autobús 120 y aquella señora del vestido rojo que no paraba de mirarnos. Fue ella quien decidió quedar en aquella parada. Decía que así nadie se preguntaría a quién esperaba. Esa fue su estrategia desde el principio, que nadie supiera que siempre estuve esperando por ella. Y lo consiguió hasta el final.
Cuánto quise recoger sus lagrimas. Cuántas caían desde sus ojos, precipitándose al vacío, frenéticas, limpias y brillantes. Ella lloraba, al menos, antes incluso de que yo la viese llegar. Temblaban sus labios al hablarme, se los mordía, los dejaba abiertos para respirar, entrecortada. Me contaba aquella historia de principios, aquellas razones hechas cenizas, sus recuerdos -nuestros- invalidados ya. Yo, simplemente, esperaba sin que se notara, como siempre.
Paciente, cansado y en silencio.
Y después nada más.
En el fondo sé que aquella escena le encantaba.
Yo sólo le dejaba que me dejará.
Y nos dejamos.
Era insoportable cuando quería.
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