“… el amor es aventura sin designio, según reza el credo de los agnósticos, una creencia fría, nítida y azulada como la luz de luna sobre las olas agonizantes, que no hay fusión que valga, que cada ser es radicalmente distinto de otro cualquiera, aunque a veces estallemos al mismo tiempo, como las olas que se persiguen y coinciden un instante en su cumbre de espuma, sí, exactamente igual que las olas… gozar, deshacerse y dejar paso a las que vienen detrás, y así una y otra vez. Somos seres discontinuos, qué le vamos a hacer. Pero se aguanta mal. Por eso nos agarramos como a un clavo ardiendo al encuentro amoroso, por nostalgia de la continuidad perdida, ya lo dice Bataille, porque nos resistimos a morir encerrados en nuestra individualidad caduca. Y ahí está el sexo un sucedáneo que trata de remediar el aislamiento, pero solo lo proyecta fuera de sí. Y aunque, en el mejor de los casos, pueda coincidir con la proyección fuera de sí desencadenada del otro, siempre se trata de dos individuos que, si comparten algo, es un estado de crisis. La crisis más intensa que se puede imaginar, pero al mismo tiempo la más insignificante. Lo mismo que las olas, perseguirse, gozar y luego deshacerse por separado.”
Nubosidad Variable, 1996. Carmen Martín Gaite
¿La vida es dolor?
ResponderEliminar;)
Eliminar