'Sin respiración, veloz, pero
dulcemente dosificada, como la vida misma de sus protagonistas, así es ‘Al
final de la escapada’ de Jean Luc Godard. Desde la música clásica hasta las
referencias a la trastienda más sórdida del mundo del cine'.
En aproximadamente dos años me he
sumergido más en el cine que en toda mi vida. Supongo y soy consciente, de que
esto es algo que ocurre en la mayoría de ocasiones, como si se tratase de una
de esas relaciones intensas e inocentes de la infancia, apenas os conocéis,
pero os gustáis, pasáis tiempo flirteando, pero nadie se acerca más de lo
debido y un día, sin más, os besáis, en un beso eterno que parece durar para
siempre.
Lo bueno del cine es, que no es
que lo parezca, es que una vez que te enamoras de él, este sí es para siempre,
sin ningún recoveco de ínfima duda. De entre todos los períodos del cine, la Nouvelle Vague tiene para mí un atractivo
particular que me engancha; tan rebelde, tan viva y descarnada. Son, por encima
de todo, historias de pasión. Convierten en máxima aquello de “vive deprisa, muere joven y deja un bonito
cadáver", la pasión en estas historias están presentes en relaciones
imposibles de amor o simplemente en la necesidad incansable de mostrar al mundo
los límites hasta los que pueden llegar, aquellos personajes caracterizados con
una profundidad que se balancea entre la pedantería y la dulzura.
Las referencias en Al final de la
escapada (1960, À bout de souffle)
son innumerables, a sabiendas de que se me escapan muchas. Sin embargo no
resulta irritante, todo es delicadamente correcto, quizá porque un rostro como
el de Jane Seberg hace que olvides que detrás de ella se encuentra el retrato de Irène Cahen de Anvers, de
Renoir, con la que precisamente una deslumbrante Patricia Franchini se compara. Y es que con un rostro así
cualquiera se atreve a hablar de pedantería. Sencilla y sin pretensiones, se
convierte para mi en toda un magistral lección de buen cine, desde los increíbles
movimientos de cámara, planos secuencia imposibles, escenografías increíbles,
luz impecable.
Pero más allá de tecnicismo, me
encanta descubrir un reestructurado género, en una película, que desde luego,
se desmarca de lo que en un inicio parece un clásico del cine negro. Frente a
un irreconocible París de aspecto underground, Godard nos enreda más y más en diálogos,
rápidos y deliciosos, nos aísla, como a sus protagonistas, entre las
desmontadas sábanas de Patricia y
olvidamos por completo que a Michel
lo persigue la policía. Un mundo que te hace olvidar que se trata de una película
de género negro, género cuestionado por Godard, con giros de humor y frases que
se convierten en antológicas. Clavadas aún en mi mente las palabras de Belmondo…
‘Siempre me interesaron las
mujeres que no están hechas para mí’ y
‘Eres realmente asquerosa’
Dos frases que dichas frente a un
rostro como el de Seberg configuran a la perfección su personaje, el de una
auténtica mujer de los años sesenta, hecha para ser amada hasta la muerte.
Con un final conmovedor, frenético
y deliberadamente perfecto. Sin sentimentalismos,
ni dramaturgias ortodoxas. Lo que en palabras de Godard sería una buena película,
porque… como él mismo decía:
"Para que una película sea buena únicamente hacen
falta dos cosas: una pistola y una chica”
Y a Al final de
la escapada no le falta ninguna de las dos, entre otras muchas más cosas.

Esa película significa mucho para mí, encantado de leerte sobre ella.
ResponderEliminarGracias, encantada también yo de que te guste.
EliminarPartícula, muy interesante y argumentado tu post. No es freccuente escuchar comentarios a estas alturas sobre la nouvelle vague. Pero recordar a Jean S. es más difícil todavía. Tal vez porque fue una evanescente...
ResponderEliminarGracias.
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