domingo, 31 de julio de 2011

Una historia divertida

El verdugo, de aspecto extranjero, pigmeo diría yo, me tenía cogido por una oreja con su mano de hierro roñoso cubierto de escamas, porque sufre de psoriasis desde que es subnormal, o sea, desde siempre, me alegro, y lo mismo mi hermana Yoli, que fue creada a imagen y semejanza de su padre un día que dios estuvo enfermo y había escasez de cerebros en los almacenes celestiales… Pues como decía colegí de pronto que el extranjero leproso con cara de sapo trataba de arrancarme la oreja, ajá ¿conque era eso?, y, en efecto, al punto me arreó un tirón fortísimo del susodicho apéndice, impidiendo que yo, en pleno uso de mis facultades mentales, pudiera proseguir con la debida serenidad unas reflexiones de índole poética a que me había entregado mientras recibía la azotaina, sentí el repentino desplome de mi espíritu, acompañado de un tremor de huesos en la cabeza, me sobrevino una tan descompasada debilidad que pensé me moría sin remedio y estuve a punto de confesarlo todo, señor usted se equivoca, no es mi cumpleaños, suelte mi oreja, pero el rosa de ira y con las canas del cairel pochas continuaba felicitándome impertérrito, y entonces, considerando mi desventura con la única parcelita de mi cerebro no atosigada por el torrente de señales dolorosas que me llegaba desde el pabellón de la Belarri, concebí la sospecha de que aquel oligofrénico tripudo, aquel tirano congestionado que se precipitaba de ser mi padre, qué descaro, no debía de entender ni jota de mi idioma. Después del aguacero de cachetes, escampo y el canalla comenzó a pelarme con las tijeras del pescado, cis, cis, al par que me apretaba el cuello con un tentáculo, astucia sutil puesta en práctica para tenerme quieto, estoy convencido. Tomábase el sayón muy en serio la poda capilar, pobre hombre, sin percatarse de que su servicio era contra mi voluntad y gusto, aunque no se lo quise decir por no desanimarlo, ya me conocéis, al fin siempre me pierde el sentimentalismo, y para que os hagáis una idea de cuán cerca andaba él de estrangularme, sabed que se me salía más de dos tercios de lengua fuera de la boca, causa por la que de continuo me cosquilleaban en ella los pelillos que iban cayendo. También deseo referir a este mi auditorio enajenado por la risa que otras vedijas y nudos de pelo que derramábanseme por la faz no me daba casi tiempo de sentirlos, pues que solícitamente don Raúl el bestia me los apartaba a sopapos, y en eso vi que el buen hombre carecía de cepillo. Discurrí a continuación llevar a cabo el rezo en defensa propia, padre nuestro que ojalá te consuma lentamente un cáncer de testículo, pero en vista de que la fe no me salvaba, me puse a embadurnarle el entrecejo torvo con una mirada molosa de cordero en agonía, por si le entraba al matarife alguna gana de apiadarse, pero él siguió esquilándome con inhumana impavidez, conque sí, ¿eh?, me dije, ya empezando a enfadarme, pues balaré, sabrá el mundo mi pena y tu crueldad, y vaya si balé, bee, bee, bee, sin que el desgraciado captase el trasfondo del mensaje, o sea, que dada la premisa: el hijo es recental, en pura lógica ha de concluirse que el padre no anda lejos de carnero, primo del cabrón, lo cual un poquitillo debió de columbrarlo su cerebro de saltamontes porque precisamente entre el quinto y sexto balido me propino un capón que por poco no me abre la cabeza. En esto, viendo Sansón pelado, la hueste de familiares me perdió el respeto y se vino a mí en tromba, opuse resistencia, forcejeé heroicamente, a alguien le arranqué un mechón, pero fue inútil mi denuedo. Al fin, debilitado por el olor nauseabundo de aquella chusma populosa, fui violentamente despojado de mi torpe aliño indumentario. Asióme cada cual de un miembro de mi cuerpo, quedándome sólo libre aquel que a nadie es lícito tocar ni ver sin mi consentimiento, y ese pensé que me lo agarraría a falta de otro mango un vecino que apareció en la casa cuando el populacho me conducía en volandas a la bañera, donde ya humeaba el agua jabonosa. Presentí que me escaldaría y comencé a agitarme como un gato despavorido, pero eran siete anormales y tuve que sucumbir.

 (Fernando Aramburu, Fuegos con Limón




 

Sobran las palabras para expresar el estilo de esta novela, “antológica” como dirían algunos. Peripecia verbal, rico vocabulario y ese sutil derramamiento preciso de  las palabras adecudas, como en este fragmento, deslumbran en toda la novela. Embelesa la forma en que Aramburu convierte los acontecimientos más simples en puro deleite para los ojos que lo leen. Desde luego mi hallazgo veraniego, toda una recomendación para los amantes de la buena literatura.

3 comentarios:

  1. Madre mia, que dolor de ojos, cuanto tedio en tan solo media pagina.

    Y esto es un descubrimiento? Y esto es buena literatura?

    (!!!)

    ResponderEliminar
  2. Que gustos mas distintos tenemos!

    En fin, un besinho!

    ResponderEliminar
  3. Yo creo que Aramburu es un autor muy culto, que pule las frases de su prosa con el cuidado de un poeta, y que, sin embargo, da al lector una escritura clara, desprovista de efectismos... en fin, algo muy complicado que él consigue a la perfección, pero para gustos los colores... jajaja

    ResponderEliminar