Tú me levantas, tierra de Castilla,
en la rugosa palma de tu mano,
al cielo que te enciende y te refresca,
al cielo, tu amo,
(Castilla,M.Unamuno)
Vuelven de nuevo los campos dorados, vuelven de nuevo a desgastarse las gomas de mis zapatillas, a las cuatro de la tarde en la plaza de la constitución, los cafés con hielo y las sandalias de cuero.
Cuando los termómetros marcan cifras treintagésimas ya no hay vuelta atrás. Podrán y lograrán los más ávidos, huir al norte o a las costas con mar que mitigaran el calor que desprende los campos de castilla, pero tanto si se quedan como si se marchan no dejaran de ver, aún en su huida, lo que aquí llamamos el mar y el sol castellano.
Si mi color preferido es el verde, no hay duda que el fin de la primavera me pone un tanto melancólica. Asociada siempre para mi esa época del año a las despedidas, también me habitué desde pequeña a ver como con las primeras olas de calor, las infinitas tardes de sol, convertían poco a poco los campos verdes de la primavera en una especie de mares de fuego, inundados por los rayos de sol que les arrebataba los pocos resquicios de la primavera. Así se transforman, como reflejo de aquello que borró el verde de sus campos, en espigas y trigo dorado, como rayos de sol zarandeados por el aplastante viento calido del verano, que emergen de la tierra y rende dorado el campillo amarillento de Machado.

Dirán que el mar y el sol se encuentra lejos de los castellanos, quizás se refieran a los mares azules y fríos del norte, aquellos cristalinos del Mediterráneo, quizás se refieran a los soles tímidos que se esconden tras las nubes del Cantábrico o a los que te toman el pelo en las playas del Atlántico. Está claro que esos mares nos quedan lejos, pero es que los nuestros tienen otro color. Lo que no cambia es la sensación de infinitud, mirar al horizonte y sentir el deseo de echar a correr hasta descubrir dónde se terminan los caminos, es como la sensación de navegar hasta toparte con la línea que separa los dos azules del mundo. Quizás por eso el carácter castellano nos lleva siempre fuera de nuestras ciudades. Necesitamos saber qué hay más allá.
En uno de tantos viajes, de Salamanca a Palencia, surcando los mares en mi particular barco sobre raíles, aún puedo ver algunos insurrectos campos verdes que se resisten al paso de la primavera. En mi año en Italia me di cuenta de que la mezcla de campos, montañas, verdes y dorados estaba en perfecto equilibrio. Una de las regiones que más me gustó fue la Toscana, pero al contrario de lo que en ese momento creí, movida por tantas películas hollywoodienses que intensificaron en mi cabeza un aire nostálgico, ahora me doy cuenta de que la verdadera razón de esos sentimientos fue por el parecido con mi propia tierra, entonces lejana.
Y aquí estoy yo, esa que siempre fantaseaba en huir, amando ahora mi tierra, movida muy probablemente por las palabras de un norteño. Y es que, que una persona de la tierra más verde y abrupta de España me muestre el valor de la inmensidad y la llanura de los áridos campos de mi tierra, me llegó a resultar algo descabellado. Pero acaso no deseamos con mayor fuerza lo lejano, lo difícil, lo contrario a lo que ven nuestros ojos. ¿Acaso no me emociono aún al sentir la humedad de los bosques del norte cuando nos adentramos en los puertos de montaña, fronterizos con Castilla, mientras viajábamos en el coche de mi padre? ¿Acaso no espero encontrarme con los mares azules, la línea que los separa con el cielo y sus campos verdes y sus verdes bosques, y las playas y el sol escondido detrás de las nubes?
Por si no lo notasteis, llego el Verano o se fue la Primavera.
que lindo Raquelita! me encantó...te mando un besazo !!
ResponderEliminarMe gusta.
ResponderEliminarY me encantan los dorados campos en los que el horizonte es tan lejano...
Mua
Aquí el cielo está gris, los árboles verdes y el mar azul oscuro. Llegó el verano, vuelvo, respiro, hace viento, llueve, te extraño.
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